Senda de héroes

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El estrépito del choque de la vacada de Ormiston con la de Dann ahogaba el trueno de las pisadas. A pesar de todo, sólo la cabeza y la orilla más alejada de la de Stanley parecían afectadas. Una colisión como aquélla no significaba necesariamente una desbandada. Sterl se acordó con sorna del testarudo Ormiston. Si la turba de bueyes partía en desbandada, él sufriría más que nadie. Sus bueyes serían los primeros en caer por el margen del río. «¡Le estaría muy bien —pensó Sterl—, pero qué pena que tanto ganado tuviese que morir ahogado y bajo las patas de los demás!»

En aquel momento se dio cuenta de que la vacada de Ormiston, que recibía el viento de cara, había percibido el vapor fatal. Después de tres días de calor y polvo, sin una gota de líquido, habían olido la humedad del río y se lanzaban sin freno. ¡Agua! Y si los de Ashley habían sentido la humedad, los bueyes de Dann la percibirían pronto.

Pero, a pesar de que estuviese preparado para este accidente inevitable, cuando la turba del rebaño de Dann arrancó en rápida carrera y un espantoso trueno se levantó por el aire y el suelo se estremeció como sacudido por un terremoto, Sterl gritó con todos sus pulmones y ni siquiera pudo oír su propia voz. Nubes de polvo amarillo se levantaban y se extendían sobre el rebaño que se movía como un solo animal; lo escondían bajo su cobijo, se lo tragaban.


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