Senda de héroes
Senda de héroes Red se habÃa acercado ya a la carreta de Roland y bajaba del caballo para empezar a descargar. Sterl se reunió con él. Mientras tanto Leslie iba poniendo a sus favoritos dentro de jaulas, lo cual provocaba el ruidoso disgusto de los animales.
—Sterl, se me antoja que Stanley Dann cualquier dÃa desenfundará su revólver contra nuestro amigo Ormiston —confesó Red a su compañero.
—No tienes tú la exclusiva de todas las corazonadas —replicó Sterl—. Yo lo imaginaba desde hace mucho tiempo. Beryl es en la actualidad el último lazo de unión.
—Puedes apostar el cuello, amigo. ¡Y este lazo de unión lo romperé yo!
—Muy bien. Vete a ver a la hija de Stanley y dile que te he enviado para que la transportes, a ella y a sus tesoros, a la otra orilla. ¿Comprendes?
—¡Bendita sea tu estampa! —exclamó Red, enajenado—. ¡Yo no atinaba en eso! ¡Ya me verás! —y se alejó a grandes zancadas.
Cuando Sterl volvió a encontrar a Red, observó que nunca habÃa visto a su amigo tan transportado de gozo.
—¡Bendita sea tu alma, amigo! Beryl se comporta ahora casi como un corderillo —le dijo Red con voz queda—. Por lo visto, estaba llorando y me parece que su papá la habÃa regañado.