Senda de héroes
Senda de héroes Y siguieron cabalgando hasta el punto en que las pisadas del ganado giraban a la izquierda alejándose de la primera colina, al otro lado de la cual se abría una extensión de matorrales, llanuras de hierba, páramos, gomeros dispersos y la pradera sin fin a continuación.
Sterl se puso a examinar a los tres australianos compañeros suyos. Drake era el único que no estaba sobreexcitado.
Por ser un hombre maduro, habría visto probablemente días difíciles. Pero Larry y Rollie, aunque jóvenes fornidos del campo, ciertamente, no habían disparado sobre un hombre en toda su vida. Sterl sabía lo que sentían. Red Krehl era siempre el hombre que ante la proximidad de una lucha se volvía frío y provocativo, pero en aquella ocasión tenía un aire feroz e implacable.
La lluvia se había resuelto en una niebla fría cuando el pelotón franqueó otro espolón roquizo. Distancias, alturas, llanos, conservaban su monotonía verde gris, pero todos habían ganado proporciones. Y en el centro de un largo valle, la forma del rebaño resaltaba con una claridad extraordinaria en un día tan oscuro. Los perseguidores lo contemplaron en silencio, ocupados cada uno con sus propios pensamientos; hasta que Red tomó la palabra:
—Hay, quizás, unas cuatro o cinco millas. Imagino que empujan a la manada sin dejarla pastar.