Senda de héroes
Senda de héroes —Ven, Friday —llamó Sterl, extendiendo la mano—. ¡Por los cuernos del diablo, no me aporrees con tus lanzas! —diciendo lo cual ayudó al aborigen a colocarse a horcajadas detrás de la silla de King. ¡Cógete a mÃ! —exclamó finalmente.
Red, que hacÃa de guÃa, puso rumbo hacia el oeste de aquella colina. Después de cruzar el llano, encontraron un paso entre dos lomas, y luego volvieron a doblar al Este por un terreno cubierto de arbolado más espeso, por entre el cual el vaquero les hizo avanzar en zigzag. Asà caminaron unas cinco millas, más o menos, pasadas las cuales su guÃa hizo alto al pie de otro montÃculo.
—Calculo que estamos más adelante que el rebaño y que los jinetes. Esperadme todos aquà mientras voy a echar una ojeada.
Y poniendo manos a la obra, ascendió oblicuamente; Friday se habÃa deslizado del caballo al instante, y si su moreno rostro hubiera sido capaz de expresar disgusto, esto es lo que hubiera exteriorizado en aquel momento.
—A mÃ, parecer caballo no ser bueno —dijo escuetamente.
El comentario del negro hizo desaparecer por un instante el ceño de Sterl; pero los otros vaqueros ni siquiera esbozaron una sonrisa.
Larry preguntó con la voz no del todo natural:
—¿Qué haremos después?