Senda de héroes

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El grupo de indígenas no se apartaba del mismo borde de la espesura. Sterl contó seis personas al descubierto, pero algunas imágenes fugaces que captó su ojo le advirtieron que había otros entre las matas. El hombre era extraordinariamente alto, delgado, negro como el carbón e iba casi desnudo, y se apoyaba en una lanza que sobresalía por encima de su lanosa cabeza. Una escasa barba deshilachaba la línea de la parte inferior de su rostro. Sus grandes ojos sombríos y audaces les miraron unos instantes fijamente, muy abiertos; después el indígena se internó a largas zancadas dentro de los matorrales. Las mujeres se detuvieron, más movidas por la curiosidad. La más vieja, la gin2, constituía un espectáculo repugnante para la mirada; la otra, la lubra3, era de cuerpo robusto y de aspecto voluptuoso. Las dos iban casi desnudas, pues sólo llevaban una corta falda de hierba; los chicos andaban completamente desnudos. A la llamada de una voz ronca se escabulleron todos dentro de la maleza.

—¡Cielos! No quisiera encontrar al hombre ese de las piernas largas en la oscuridad! —dijo Red.

Sterl, en cambio, expresó un muy distinto deseo.

—Espero que vengan algunos a calentarse a nuestra lumbre.


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