Senda de héroes

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Llegaron, al fin, a una comarca de tonos más oscuros y de más extraño y salvaje aspecto. En ella el notable crecimiento de la maleza denotaba la proximidad de un río. Un río que había de correr, más o menos, hacia acá, al otro lado de la oscura franja de fresnos y banianos gigantes, de troncos múltiples, grotescos y retorcidos. Acamparon en un lugar donde un baniano de grandes ramas proporcionaba un espeso dosel verde para toda la caravana. De un ribazo, entre los matorrales, brotaba una fuente de agua dulce formando un pequeño arroyo que se alejaba serpenteando hacia un pálido lago jaspeado de blanco y negro por las gallinas de agua. Los cocaburras se levantaban volando de la maleza para posarse en las ramas de los árboles mirando fijamente, pero en silencio, a los intrusos que acababan de llegar. Esta característica por sí sola bastó para afectar a los deprimidos expedicionarios. El sol descendía oblicuamente en el que les parecía el lado opuesto del horizonte, dejando a Sterl por completo desorientado. Red afirmaba con aire de cansancio que se le daba un ardite, y que lo que ansiaba era que lo que hubiera de ocurrir llegara pronto.

A la hora de comer apareció Friday. En su expresión había algo que suscitaba espanto.

Todos los expedicionarios le miraron con muda interrogación, y el jefe le preguntó:

¿Qué hay, Friday?


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