Senda de héroes
Senda de héroes Un momento antes de que se hiciera oscuro, fueron llamados para cenar. Penetraron en una habitación grande y sencilla, en la que ardía un buen fuego sobre un hogar rústico de piedra y en la que una mesa bien provista de manjares humeantes y sabrosos invitaba a gozar de un buen ágape. La señora Slyter era una mujer rolliza y agradable. Leslie había heredado su físico. Sin embargo, cuando entró la muchacha, Sterl apenas supo reconocerla con aquel vestido diferente. Su franca y subyugadora alegría compensaba el silencio de la madre. Red había conseguido, sin embargo, hacer asomar la sonrisa en el rostro de la señora Slyter al decir que tal cena sería algo que recordaría a menudo cuando estuviese hambriento, allá, en las entrañas del Never-never.
—Muchachos, lo primero que quiero que hagáis por la mañana es preocuparos de los caballos —dijo Slyter—. Después cabalgaremos hasta la ciudad. Dann está impaciente por hablar con vosotros.
—Señorita Leslie: ¿qué decía usted sobre los caballos de su papá? —preguntó Red.