Senda de héroes
Senda de héroes —¡Cielos, confÃo en que lo haga! Precisamente me duele por él, como me pesa sin duda por los otros admiradores que se prendaron perdidamente de Beryl Dann...
—¡Eh, tú! —le advirtió Sterl, demasiado tarde.
Beryl habÃa pasado cerca de Red pudiendo oÃr las últimas palabras de la escarnecedora observación que habÃa dirigido a su compañero.
—¿Por quién te apenas, Red Krehl?
—Lo sentÃa por Bligh, Beryl —masculló Red con voz calmosa—. Sterl y yo estamos apostando sobre si se despedirá de ti. Yo digo que si es inteligente no lo intentará. Sterl sostiene que sÃ.
—Y si Bligh es inteligente, ¿por qué no intentará decirme adiós? —replicó Beryl.
—¡Ea!, ya encontrará alivio para sus pesares.
—Sin duda lo encontrará, ¡el cobarde! Y ahora, ¿qué hay de los otros admiradores que se han enamorado de Beryl Dann?
—¡Ah!, es muy natural que sienta compasión por ellos.
—¿Cómo? ¿Cómo? ¡Tú, convertido del dÃa a la noche en una noble persona! —le espetó ella, enfurecida.
—Bien, señorita Dann; el caso es que yo soy uno de esos infortunados admiradores que quedaron terriblemente prendados de ti —replicó el vaquero.