Senda de héroes
Senda de héroes —Lo mismo da si salimos como si no del dichoso coto de caza de esta raza de aborÃgenes —dijo Red, una noche—. Solamente nos servirá para encontrarnos con otros. Los de esta turba me han puesto furioso como un búfalo. Nunca se los ve. ¡Que sacrifiquen un par de caballos más y me lanzo al campo, diga lo que diga el patrón! Imagino que con cazar algunos, evitarÃamos que nos siguieran acosando. Éste solÃa ser el caso con los pieles rojas de las praderas.
A medida que el arbolado dominaba más que la hierba, los negros celebraban con mayor frecuencia sus corroboris nocturnos. La algarabÃa de los salvajes y los espectrales cantos ahuyentaba el sueño de los expedicionarios, sobre los cuales pesaba siempre el portento diabólico de las hazañas que se sabÃa habÃan llevado a cabo los canÃbales en las remotas comarcas inexploradas de Australia.
Una mañana gris amaneció con malas noticias para los Slyters. El semental ruano de Leslie, un caballo de pura sangre eme prometÃa mucho, al que la muchacha llamaba Lord Chester, faltaba de la banda. Red corrió al punto donde le habÃan matado y desmenuzado. De regreso al campamento Leslie le esperaba acongojada.