Senda de héroes
Senda de héroes —No hemos podido encontrarle, Les —confesó Red—. Me imagino que ha corrido la misma suerte de tantos de los de Dann —la muchacha estalló en amargo llanto—. ¡Vaya! ¿No sabes apurar un mal trago? —preguntó el vaquero, siempre inclinado a esconder su lado más tierno bajo una capa de amargura o desdén—. La travesÃa ésta no es un desfile de circo. ¿Qué representa otro caballo, aunque sea uno de tus pura sangre?
—¡Red Krehl! —gritó ella con apasionado asombro al ver la aparente insensibilidad del vaquero—. He perdido caballos... ¡Pero Chester...! Es demasiado. Yo le querÃa... Casi tanto como quiero a Lady Jane.
—Sin duda que sÃ. Yo experimenté una vez lo mismo por otro caballo. Es duro. Pero no seas crÃo.
—¿CrÃo? ¡No soy ningún crÃo, Red Krehl! ¡Es Dann y papá... y tú..., sois todos vosotros los que habéis perdido el nervio! ¡SÃ, tú y Sterl, lo mismo que Larry y Rol...! ¡Si tuvierais algo de hombres... matarÃais a estos aborÃgenes!
El furor de la muchacha, expresado en su rica, punzante y despreciativa voz, fue como un azote que cruzara el rostro del vaquero.
—¡Por Dios, Leslie —replicó—, que merezco, sin duda, tu desdén! No hay excusa para mÃ, para ninguno de nosotros, a menos que no seamos ya otra cosa que unas miserables piltrafas.