Senda de héroes

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—Red, puedes quedártelas todas —declaró Sterl formalmente.

Al despertar el día estaban fuera de la dehesa, cargados con sillas, bridas y mantas.

Frente a ellos, otro cercado señalaba el acceso hacia el fondo del valle. El ganado mugía, los caballos relinchaban, las tórtolas cantaban; en la hierba y en las matas se veían los reflejos de un abundante rocío. Allá, al fondo del sendero, unos jinetes montados a pelo conducían una reata de caballos al interior de un cercado.

Al cabo de un instante, Sterl y Red se encontraban (lo mismo que habían estado, millares de veces quizás, en los ranchos del Oeste) encaramados en la cima de la valla del corral, observando con ojos sagaces y experimentados el hato de caballos, peludos y polvorientos, pero gordos y llenos de fuego y de ímpetu. Eran animales soberbios en todos los aspectos, que descendían de un lote de corceles de pradera corpulentos y más pesados que los caballos corrientes del Oeste; y en este sentido eran notoriamente superiores a los rocines de las llanuras.

—¡Maldita sea! Nunca vi nada que los igualara. ¿Será preciso que hayamos venido aquí, tan lejos, para ver que el ganado inglés quita la palma al nuestro? —preguntóse Red.

—Pero, muchacho, los buenos caballos han de poseer velocidad y nervio —replicó Sterl con voz desmayada.


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