Senda de héroes
Senda de héroes —Echaré de menos tus elegantes vestidos —insistió el vaquero—. Pero tienen que ir adentro de esta tienda, lo mismo que tú.
—Red Krehl, eres un tirano. Me han enseñado a ser mansa y sumisa, ¡pero no soy tu esclava todavÃa! —Dices bien que no lo eres; ni lo serás nunca —replicó el muchacho, acalorado, en vez de mantenerse tranquilo—. ¿Mansa y sumisa? ¡Santo Dios!
—Red, sabrÃa ser las dos cosas —concedió ella con dulzura.
—¿SÃ? Bien, no serÃa nada natural, óyeme, Beryl —evidentemente, Red habÃa reaccionado ante la situación por una inspiración súbita—: Lo hago por tu bien. Por tu rostro, Beryl, por ese hermoso cutis dorado que tienes, suave como una seda y tan adorable. ¡Una tormenta de seco polvo le imprimirÃa mil arrugas! Vosotras tenéis que permanecer aquà mientras el viento sople. ¡Y todo el dÃa! Por la noche, generalmente, amaina, por lo menos en el paÃs de donde procedo... Vamos, Beryl, por favor.
La muchacha murmuró, fijando en él sus grandes ojos con mirada incierta:
—¡Todo por mi belleza! Me parece, Red, que ya no me preocupo por ella tanto como solÃa.
—Pero yo sà —replicó él.
—Siendo asÃ, obedeceré —consintió al fin—. Tú eres muy bueno conmigo. ¡Y yo, huraña como un gato!