Senda de héroes

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Lo primero que Sterl vio fue como una nube arrolladora, de color más bien blanco que gris, girando sobre sí misma y creciendo incesantemente, que avanzaba sobre el campo en dirección a ellos. Con increíble rapidez, la nube oscureció la luz del sol, extendió la oscuridad sobre la tierra, se le vino encima, rodando, revolviéndose. Y cual humo expelido con fuerza tremenda, su frente se hinchó, creció, y, subiendo como una ola que girara sobre su centro, escupió grandes masas blancas rayadas de amarillo, semejantes a rosas colosales.

Dándose cuenta de que anchas ráfagas de polvo corrían delante de ellos, los hombres se precipitaron hacia el campamento. Los vaqueros mojaron dos sábanas y colocaron una sobre la puerta de la tienda de las muchachas.

—¿Estáis ahí dentro, chicas? —gritó Red.

—Sí, dueños y señores nuestros, aquí estamos. ¿Qué es ese rugido? —habló Beryl.

—Es el vendaval, junto con una tormenta de truenos. No os olvidéis, cuando el polvo penetre más, de respirar a través de pañuelos de seda mojados. Si no los tenéis usad algunas de aquellas prendas finas de Beryl que vi una vez.

—¡Vaya! ¿Lo oyes, Leslie? Red Krehl, apostaría a que has visto mucho más de lo que debieras.

—Sin duda, Beryl. Y el perjuicio que me ha causado, además. Adiós ahora, pues no tengo idea de cuánto durará esto.


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