Senda de héroes
Senda de héroes Ambos se hundieron en uno de sus frecuentes silencios, mientras el barco progresaba lentamente, acompañado del crujir de sus vergas y botalones. Al poco rato el navío se encontró en la boca del puerto, cuya legua de anchura ofrecía un solitario acceso a las tierras de Australia. Bajo la mirada de Sterl, el mundialmente famoso puerto se abría en forma de una bahía de ancha curva cortada por profundos brazos de mar que penetraban en la tierra.
Millas adentro, a lo largo de un amplio recodo, hacia el que los buques se dirigían para anclar, se descubría la ciudad de Sidney con sus paredes grises y sus techos rojos, esquiva y majestuosa.
Mientras Sterl y Red preparaban sus sacos de viaje, el navío se deslizó a lo largo de un muelle y fue amarrado. Del muelle, condujeron a los dos compañeros a un tinglado y, después de breve examen, quedaron libras. Un estibador del puerto les encaminó a una posada en la que no les resultó difícil encontrar habitación.
Eran las primeras horas de la tarde, Krehl se pronunció por recorrer los parajes notables, pero Sterl se opuso, sabiendo que aquello significaría entregarse a la bebida.
—Amigo, tenemos que recoger nuestros bártulos y partir sin demora para el campo libre —dijo.