Senda de héroes
Senda de héroes —Papá le necesita para seguir la pista de los caballos que se pierden. Los negros son maravillosos para eso. Pero Friday dice que no. Quizá tú puedas persuadirle, Sterl. Un negro nunca olvida una ofensa ni deja de corresponder a un favor.
—Sin duda que lo intentaré. ¡Cuánto podré aprender!
Los dos jinetes emprendieron un suave trote y se detuvieron en la dehesa. Mientras desmontaba y recogÃa los paquetes, Leslie dijo:
—Sube más tarde a tomar el té... ¡Ah, sÃ, y para ver mis animales favoritos!
Abandonado a sus propios pensamientos, Sterl se dirigió a su reata de caballos, que Roland habÃa atado en el cobertizo, y mientras iniciaba la lenta y placentera tarea de trabar amistad con ellos meditaba sobre lo trascendental que resultó el viaje que habÃa hecho desde Brisbane. Le era tan imposible impedir que le ocurrieran extraños percances como le hubiera sido dejar de respirar. Pero de todos los bribones y los rufianes de mal carácter que habÃan cruzado en abundancia por su camino, sólo uno recordaba que hubiese suscitado en él un odio tan instantáneo como ese Ormiston. DebÃa mantenerse alejado de él tanto como le fuera posible. En cambio, la simpática personalidad de Stanley Dann se le aparecÃa cual una magnÃfica contrapartida. Éste era un hombre.