Sendas en la arena
Sendas en la arena —Hal Stone, ¿quieres decir que no podemos pasar de aqu� —repitió Ruth, severamente esta vez.
—Pues, no sé..., me lo imagino..., al menos, por hoy, —respondió él, ceñudo—; Old Butch no se moverá hasta que le dé la gana.
—Mi abuelo me dijo que habÃa oÃdo que solamente existÃa un hombre en el desierto capaz de obligar a Butch a andar en estos casos. ¡Qué lástima que ese hombre no esté ahora por aquà —Yo no —dijo Stone, levantando significativamente sus azules ojos, enrojecidos por la arena, en los que brillaba un fuego latente.
—¿Cuánto nos hemos alejado? —prosiguió ella con ansiedad.
—No estoy seguro. Quizás unas treinta millas.
—Si es asÃ, ¿nos encontramos todavÃa a diez millas de la colonia india donde dijiste que podrÃamos pasar la noche?
—SÃ, aproximadamente, me imagino —contestó él, tratando de evitar su firme mirada.
—Y desde allÃ, ¿dos dÃas más hasta San Diego?
—Yo no dije eso.
—SÃ, lo dijiste —respondió ella vivamente.
—Bueno, apuesto que te escapaste conmigo..., por tu propia voluntad..., ¿qué diferencia hay entre que sean dos millas o diez? —contestó él en tono de desafÃo.