Sombreros gemelos

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Un escalofrío le recorrió la piel. El olor a humedad que dominaba en la casucha le picaba en la nariz. ¡Tic..., tic..., tic...! Brazos estaba ya completamente despierto y a punto de ser asaltado y sobresaltado por no sabía qué. Lo mismo que su vista y que su oído, su olfato se había desarrollado de modo anormal por efecto de su vida al aire libre. ¡Tic..., tic..., tic! El olor que Brazos había relacionado con aquel sonido no provenía de la lluvia. Provenía de sangre. ¡De sangre fresca! Brazos pareció quedarse súbitamente helado, con un frío que se le pegó al corazón. Había percibido el olor a sangre humana con excesiva frecuencia para que pudiera engañarse.

Se sentó con un rápido movimiento sobre el lecho y saltó de él. Aquel «¡tic!» provenía exactamente del desván situado sobre el centro de la casucha. Brazos no podía ver las gotas, pero pudo localizarlas por su sonido. Y estiró el brazo, con la mano abierta. A pesar del temple de sus nervios, el pesado y húmedo contacto de la gota sobre la mano le hizo estremecerse. Luego se dirigió hacia la puerta para comprobar, a la débil luz del amanecer, la verdad de su sospecha.




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