Sombreros gemelos
Sombreros gemelos —¡.Sangre! —exclamó con la vista fija en la roja salpicadura que habÃa en la palma de su mano—. ¡Sangre frÃa y espesa! ¡Hay un hombre muerto en el desván! Aquellos tres hombres de anoche... Brazos, me parece que lo mejor que podrás hacer es largarte pronto de aquÃ.
Regresando junto al banco, Brazos se limpió la sangre en las mantas de cabalgar y llevó éstas, junto con la silla, hasta la puerta. El alba habÃa creado una luz que tenÃa un tinte rojizo en el cielo oriental. Y en aquel momento un repetido golpetear de cascos se arrastró como una tormenta empujada por el viento, y un grupo de caballistas detuvo sus cabalgaduras ante la choza.
—Bien! ¡Ya lo suponÃa! —murmuró Brazos; y saliendo al exterior, dejó caer la silla y las mantas para prestar toda la atención al grupo de jinetes. No necesitó ver los rifles para comprender la posibilidad de que él fuera el objetivo del ataque de aquellos hombres a la casucha.
—¡Manos arriba, vaquero! —conminó una voz seca y severa.