Sombreros gemelos
Sombreros gemelos Brazos escuchó, aguzando el oído, los sonidos y las ásperas voces que sonaban en el interior de la choza. Se había cometido un crimen. Y él, Brazos, iba a ser detenido. La situación era muy peligrosa, y la conservación de su vida dependía exclusivamente de su valor y de su ingenio. Tres hombres salieron de la choza portando el cadáver, al cual colocaron sobre la hierba. La mirada turbada de Brazos se fijó sobre un hermoso joven que apenas tendría veinte años. Por su aspecto parecía un vaquero, y tenía el cabello negro y la tez morena.
Le habían disparado un tiro por la espalda. Tenía todos los bolsillos vueltos al revés.
—¡Allen Neece! —exclamó Bodkin con sorpresa. No esperaba, evidentemente, hallar al propietario de tal nombre.
—Lo han asesinado por la espalda.
—¡Le han robado!
—¡Es un asesinato a sangre fría!
—Bod, creo que no necesitamos más para colgar a este hombre.
Éstos y otros parecidos comentarios acariciaron los oídos de Brazos y provocaron una advertencia de Bodkin: —Vaquero, quedas detenido.
—¡Diablo! No soy sordo ni ciego —contestó Brazos irónicamente—. ¿Puedo preguntar quién es usted?
—Soy el agente Bodkin, de Las Ánimas, y estoy a las órdenes de Kiskadden.