Sombreros gemelos
Sombreros gemelos La indignación de Brazos sustituyó a su fría actitud al ver el rudo despojo que de su preciosa carta se le hacía. Pero comprendió rápidamente que se hallaba en un verdadero peligro, e inmediatamente recobró su habitual frialdad. Observó al grupo de caballistas que le rodeaba para asegurarse de que todos le resultaban desconocidos, y que no eran diferentes a cualquier otro implacable conjunto de jinetes occidentales. En seguida tuvo la seguridad de que ninguno le había visto jamás antes de aquel momento. No había estado en las cercanías de aquel lugar desde hacía seis años, lo que representa un largo período en la infinita extensión de aquella zona.
—¡Bodkin! —llamó un hombre desde el interior de la casucha, con voz extraña.
—¿Qué? ¿Lo habéis encontrado? —preguntó el jefe.
—Sí. Está en el desván. Mande a alguno para que me ayude a bajarlo.