Sombreros gemelos

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Bodkin dirigió la caravana hacia la orilla oeste del río. Los árboles y las rocas obligaron a deshacer la formación de la partida. La aguda mirada de Brazos percibió que el jinete que marchaba detrás de Bodkin se inclinaba hacia delante para desatar el lazo de la silla. Llegaron a un terreno despejado y rocoso, donde se erguía un viejo algodonero de anchas ramas. Brazos se había encontrado en otra ocasión bajo aquel mismo árbol.

—Desplegaos —ordenó a gritos Bodkin—. Traed aquí el caballo de ese vaquero.

Se produjo un golpetear de herrados cascos sobre las rocas, y el caballo de Brazos mascaba el freno al cabo de un momento bajo una de las ramas más largas del algodonero.

Todos los hombres se encararon con Brazos, que tenía el rostro pálido y la boca nerviosamente apretada.

—Patrón —dijo uno de los hombres roncamente—: Tengo que decirle que quiero marcharme de aquí. Esto es demasiado puerco para mi estómago.

—¡Márchate, pues! ¡Vete aprisa! —replicó el jefe.

—Voy a hacerlo. Vamos, Ben. No nos hemos unido a esta partida para ver cómo se ahorca a un hombre que no se ha demostrado que sea culpable.

El delgado jinete a quien se dirigían estas palabras salió del grupo.


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