Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Lucinda vio un rostro hermoso y sombrío iluminado por unos ojos grises y penetrantes. Antes de que se hubiera presentido en su imaginación una idea, el indio la empujó al interior de la cabaña, escupió en el umbral, y entró a su vez.
—¡Mí Matazel! —anunció impresionantemente; y se golpeó el pecho, adornado de cuentas y abalorios, con una mano fuerte y parda.
«¡Aquel apache!»... —Lucinda pareció haber echado raíces que la sujetasen al suelo. El enemigo mortal de Logan, el apache que había jurado saldar la cuenta que con él tenía, ¡se hallaba allí! Lucinda apreció lo magnífica que era la presencia del salvaje, lo desgarrado de sus ropas, aun cuando la tuviera inmovilizada con la mirada que le dirigía con unos ojos que semejaban poseer el hipnótico poder de una serpiente. Eran unos ojos grises, un poco parecidos a los de Logan, y cuando su mirada recorrió el cuerpo de la mujer, cobraron una expresión que parecía brotar de una llama ardiente.
—¿Qué quieres?— gritó ella.