Una Mujer indomable
Una Mujer indomable —¡Matazel saldar cuenta! ¡Matazel llevarse mujer Huett! —silbó más que dijo, mientras tendÃa una mano hacia ella—. Di no... y mà matarte, quemar cabaña... Repentinamente, Lucinda oyó el agrio chirrido de las ruedas del carro de Logan, que descendÃa la aguda pendiente de la carretera en la parte que conducÃa a los encerraderos. También le oyó el apache. Y después de haberle dirigido una significativa mirada, el indio se separó de Lucinda, volvió aprisa y salió silenciosamente de la cabaña. Lucinda lo vio unirse a sus compañeros. Evitando recorrer el camino, los indios se dirigieron hacia la parte alta del desfiladero y se perdieron rápidamente de vista.
Las piernas de Lucinda temblaron bajo su peso de un modo tal, que estuvo a punto de caer desmayada. Logan el leñador, el hombre que tan bien conocÃa el bosque, verÃa, seguramente, las elocuentes huellas denunciadoras de la visita de los apaches. Y cogerÃa su rifle y perseguirÃa a Matazel. Los apaches habÃan oÃdo a Logan, y seguramente intentarÃa» tenderle una emboscada para matarlo. Logan no debÃa saberlo jamás. Cuando oyó las pisadas de los bueyes y el alboroto que promovÃan al cruzar el arroyo, Lucinda cogió una escoba y salió para borrar las huellas de mocasines que se marcaban en el exterior.
Â