Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Unas formas imprecisas y grises iban de un lado para otro, saltaban con increÃble ligereza, rodeaban el encerradero; pero al cabo de poco tiempo se congregaron y comenzaron a correr hacia la parte alta del desfiladero.
—¡Mamá, se han ido! —exclamó Abe—. Estoy seguro de que has matado un par de ellos.
—¡Oh...! ¿Estás... seguro? —preguntó Lucinda, que se hallaba a punto de desmayarse... en el caso de que el peligro hubiera desaparecido.
Abe miró por entre las maderas.
—¡Mamá! ¡Están al otro lado del arroyo! ¡Corren al rededor de la cabaña!
—El chiquillo debÃa de tener una vista tan aguda como la de los propios lobos—. ¡Y Grant ha dejado la puerta abierta!
—¡Oh Dios mÃo...! ¡Grant! ¡Bárbara! —gritó Lucinda en tanto que abrÃa repentinamente el portillo.
—Espera, mamá... Los lobos corren... cuesta arriba... hacia esa abertura desde donde papá deja que las maderas resbalen abajo...
—George, ¿estás herido? —preguntó Lucinda, momentáneamente tranquilizada al ver que el otro muchacho se acercaba corriendo.
—No lo sé... Sentà los dientes del lobo... en el pie.
—¡Escucha, mamá! —gritó estridentemente Abe.