Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Desde la altura del borde plateado y negro de la elevación llegaba el lamento hambriento y dolorido de un lobo. Este aullido fue contestado por otro más profundo, más prolongado, más estremecedor. Eran unos sonidos que armonizaban bien con la agreste soledad del desfiladero.
—PodrÃan volver atrás —dijo temerosamente Lucinda—. ¡Vamos a la cabaña, hijos mÃos! ¡Corramos!
Los dos chiquillos se lanzaron a correr delante de ella y sin mirar atrás.
El pensamiento de Bárbara y Grant prestaba alas a Lucinda, que corrió como jamás lo habÃa hecho en toda su vida. Y vio con gran horror que la puerta de la cabaña estaba totalmente abierta. Un brillante fuego ardÃa en la chimenea. Lucinda se tambaleó y Abe y George se agarraron frenéticamente a su falda. Los juguetes de los niños estaban diseminados por el suelo.
HabÃa una silla volcada. ¡Huellas húmedas y sucias en el suelo! Con una angustiosa paralización del corazón, la mirada de Lucinda recorrió la cabaña. ¡Estaba vacÃa! ¡Aquellos demonios grises se habÃan llevado a los niños!
—¡Eh, mamá! —La temblorosa voz de Grant sonó en el desván—.
Bárbara y yo volvimos a casa corriendo y trepamos aquÃ...
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