Una Mujer indomable
Una Mujer indomable —En cuanto a eso, habÃa olvidado una cosa —replicó George—. Los negocios han experimentado un tremendo impulso en los Estados Unidos. Si la guerra continúa, todos nos haremos ricos.
—¿Si continúa...? ¡Hum! Cuando empezó, creÃmos que sólo durarÃa pocos meses; y ya ha entrado en el tercer año... ¿A veintidós dólares el ganado? Es un gran precio. ¿Qué hacen los Babbitt?
—Se abstienen de vender, papá. Tienen más de ochenta mil reses.
—Eso es lo que haremos nosotros —declaró meditativamente el ranchero.
—TendrÃas que hacerlo aun en el caso de que quisieras vender. Es ya demasiado tarde este otoño, papá —dijo concisamente George, como si la cuestión del ganado tuviese un interés secundario—. Echa un vistazo a la primera página del periódico.
—No leo con tanta facilidad como antaño, hijo. Y la guerra no me interesa por sà misma. Creo que todos los que la sostienen están locos.
Grant afirmó con vehemencia:
—Pero, papá, se está extendiendo. PodrÃa afectar al mundo entero, incluida América.
—¡Uf! Eso es ridÃculo. Dejemos que aquellos hombres se maten unos a otros. Pero los Estados Unidos deben mantenerse apartados de la guerra.