Blancanieves

Blancanieves

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Ahora la pobre niña estaba sola y desamparada en el inmenso bosque, y tenía tanto miedo que miraba las hojas de los árboles y no sabía qué hacer. Entonces empezó a andar, y anduvo sobre las afiladas piedras y por entre los espinos, y las fieras pasaban a su lado sin hacerle nada. Siguió andando todo lo que los pies pudieron sostenerla, hasta que empezó a hacerse de noche; entonces vio una pequeña casita y entró en ella para descansar. En la casita todo era diminuto, pero tan delicado y tan limpio que no había nada que replicar. Había una mesita puesta con un mantel blanco y siete pequeños platos, cada platito con su cucharita, y además siete cuchillitos y tenedorcitos y siete vasitos. Junto a la pared había siete camitas colocadas una al lado de la otra y cubiertas con sábanas blancas como la nieve. Blancanieves, como tenía tanta hambre y tanta sed, comió de cada platito un poco de verdura y de pan, y de cada vasito se bebió un sorbito de vino, pues no quería quitárselo todo a uno. Después, como estaba cansada, se tumbó en una camita, pero ninguna le iba bien: la una era muy larga, la otra demasiado corta, hasta que al final la séptima resultó adecuada, y en ella se quedó, se encomendó a Dios y se durmió.




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