Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra El otro acariciaba un bulto de músculos aún hirvientes de rabia.
Hacia mí se estiraban manos cargadas de billetes, también como cansados. Hice un rollo voluminoso que guardé en mi tirador y salí al corralón.
Allí lo encontré a mi bataraz, asentado todavía [173] en la mano de su dueño, que lo acariciaba distraídamente, alegando con un grupo sobre las vicisitudes de la pelea.
Y vi que el gallo miraba curiosamente en derredor, volviendo a nacer a la sorpresa calma de la vida ordinaria, después de un delirio que lo había poseído, tal vez a pesar suyo, como un irresistible mandato de raza.
Don Segundo me tomó el brazo y lo seguí para la calle, a la cola de la gente que se retiraba.
Una vez a caballo nos dirigimos, al caer de la tarde dorada, hacia un puesto de estancia, en que don Segundo había parado en ocasión de algunos arreos.
Mi padrino me hacía burla por mi audacia en el juego, pretendiendo que en caso de pérdida no hubiera podido pagar las apuestas.