Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra Iríamos a una feria, ruidosamente anunciada por los rematadores lugareños, y como allí encontraría mucha gente del reñidero, no quería desmerecer la fama adquirida con mis apuestas, exponiendo una pobreza desaliñada.
A las once salimos del puesto, despidiéndonos de nuestros amigos hospitalarios y nos dirigimos cruzando el pueblo hacia los locales del remate. [176]
Tomamos una calle desierta. Pasamos al galope por la plaza principal y, a las dos cuadras, paramos frente a un almacén. A los costados de la entrada, cabalgando unos cuartos de yerba, lucían sus colores vistosos unos sobrepuestos bordados.
Atamos nuestros caballos en dos gruesos postes de quebracho, pulidos por los cabrestos, y entramos, pues mi padrino quería hacer unas compras. Había olor a talabartería, yerba y grasa.
El pulpero se agachaba para escuchar el pedido, como perro frente a una vizcachera.
-Dos ataos de tabaco «La hija'el toro» -dijo don Segundo.