Don Segundo Sombra

Don Segundo Sombra

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Traspuesto que hubimos unas cuarenta leguas, pude sonreír mal que mal ante lo sucedido. Lindo me resultaba el rendimiento de cuentas: un brazo quebrado, un amorío a lo espina, un tajo a favor de un tercero por cuestión de polleras, fama de cuchillero, el lazo cortado y dos caballos vendidos a la fuerza. Lo que menos sentía era esto último, pues si bien es cierto que perdía con el Orejuela y el Comadreja un par de pingos seguros, ganaba una jineta de sargento para mi orgullo. ¿Hay mejor prueba de buen domador que el que le salgan a uno compradores para sus caballos, después de un rodeo? Contaba también el hecho de que los vendidos fueran mis dos primeras hazañas de jinete.

Además, se me presentaba la ocasión de [279] cumplir con un deseo largo tiempo acariciado: aviarme de tropilla de un pelo. ¿No disponía, como base para ello, con el dinero ganado en la riña de gallos? Podía golpearme el tirador para sentir el bulto de los pesos, enrolladitos en sus bolsillos.

Si bien es cierto que nunca faltan encontrones cuando un gaucho se divierte, también sucede que en sus tristezas le salga al cruce alguna diversión.

A los seis días de marcha, caímos a un boliche, donde se debían de correr esa tarde unas carreras.


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