Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra -No tengo con que pagar -le dije- pero si usté quiere, le doy en prenda cinco caballos que usté podrá ver aurita si gusta.
El hombre aceptó y, para mostrar liberalidad, me dejó elegir caballo en la carrera siguiente. Con una fidelidad de borrego guacho, me ensarté con el perdedor.
¡Muy bien! Me dedicaría a mirar.
La gente parecía cansada y caía la tarde. Algunos, por haber ganado o por desplumados, se volvían a sus pagos. Don Segundo no me sacaba el rebenque de sus bromas y, lo que era peor, yo me quedaba atufado, sin responder.
No sé cuanto duró la tarde, ni si fueron muchas o pocas las carreras que se vieron. Los grupos se despedían, dándose la mano. [295] Para los dos lados del callejón, iban dos hileras de gente a caballo. Frente a los despachos de bebida, los borrachos eran como unos diez o doce.
Lejos, se veían algunas polvaredas de los que se habían retirado primero.