Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra -¿Querés que la busque? -pregunté, no sin malicia.
-¿Te acordás donde jue?
-Como no me via acordar, preciosa.
-Sonso.
Después, juntos habíamos buscado la pequeña joya y habíamos encontrado nuestros juegos.
Esa tarde no me había reñido, y al apartarnos, no fui yo quien dijo:
-Mañana te espero.
Pobre chinita, aquel mañana había sido nuestro último encuentro.
Distrájome de mis pensamientos la cruzada del río. Volvió a formarse el remolino y el griterío osciló la tropa asustada, hasta que los primeros novillos se echaron al agua. Llenose de espuma, de risas y roturas, la corriente arisca; salimos a la otra orilla con las cinchas goteando y alguno que otro salpicón en las bombachas.