Don Segundo Sombra

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-¡Mozo! -gritó Valerio- si se me hace que ya lo veo atravesao sobre del recao y con las nalgas p'arriba pa que lah'alivee el fresco.

-Me están boliando parao, -retruqué- dejenmé siquiera que corra un poco. [83]

La conversación se hacía a gritos, mientras, uno de aquí, otro de allá, menudeábamos porrazos a los rezagados que marcaban un intento de escapar para la querencia.

-Vez pasada -contó Pedro- cuando juimos de viaje pa Las Heras, ¿te acordah'Oracio?, lo llevábamos de bisoño a Venero Luna. Hubieran visto la bulla que metía este cristiano. Puro floriarse entre el animalaje. Tenía una garganta como trompa'e línea y dele pacá, dele payá, les gritaba: «Ajuera guay, ajuera guay». Pero, cuando llevábamos cinco días de arreo, al hombre se le jueron bajando los humos. A la llegada, ya casi ni se movía. «Era ey, era ey», decía como si estuviese rezando y estaba de flaco y sumido que me daban ganas de atarlo a los tientos.

-Sí -acentuaba gravemente Valerio-, pa empezar, toditos somos güenos.


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