Juan Moreira
Juan Moreira Al llegar a la iglesia, Moreira acometió a Leguizamón por el costado izquierdo obligándole así a hacer un cuarto de conversión y buscar la pared del templo para hacer en ella espalda, tirando un par de puñaladas al vientre de Moreira para detenerlo un poco y darse un alivio.
Pero Moreira, comprendiendo que aquella posición era violenta para su adversario, que había quedado contra la pared lo mismo que por la mañana contra la mesa, cargó de firme, decidido a terminar la lucha, cuya duración había empezado a irritarlo y a hacerle perder parte de aquel aplomo que nunca lo abandonaba.
Moreira, pues, cargó de firme, metió el brazo izquierdo contra la daga de Leguizamón para evitar un golpe probable, y se tendió a fondo en una larga puñalada.
Entonces se sintió un grito de muerte, vaciló Leguizamón sobre sus piernas y cayó pesadamente sobre el primer escalón del atrio, produciendo un golpe seco y lúgubre, peculiar a la caída de un cuerpo humano.
Moreira abandonó la daga enterrada hasta la empuñadura en la herida, se cruzó de brazos y miró pausadamente a todos los testigos de aquel drama.
—Caballeros —dijo soberbio y altivo—, el que crea que esta muerte está mal hecha, puede decirlo francamente, que aún me quedan alientos suficientes.