Juan Moreira

Juan Moreira

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Ninguno se movió, ninguno turbó con una sola palabra aquel silencio imponente.

La actitud de los paisanos aprobaba el proceder del gaucho.

Moreira miró entonces el cuerpo caído de Leguizamón, que se estremecía débilmente en el último estertor de la agonía; se agachó y le arrancó la daga del estómago.

El cuerpo de Leguizamón se agitó entonces con un temblor convulsivo; de su ancha herida salió una gran cantidad de sangre, y quedó completamente inmóvil.

Moreira lo contempló un segundo, como dominado por una especie de arrepentimiento; dejó la daga sobre el pecho del cadáver, y acercándose a su caballo que había sido llevado allí por uno de los paisanos, montó con un ademán sombrío, apartando suavemente al Cacique, que saltaba sobre el tirador, pretendiendo llegar a lamerle la cara, después de haberle lamido las manos, como felicitándolo del peligro de que acababa de escapar.

El paisano no quiso alejarse de aquel sitio sin hacer antes alarde del miedo que sabía que se le tenía.

Revolvió su caballo hasta el juzgado de paz, y dirigiéndose al sargento de la partida, que estaba dominado por el más franco espanto, le dijo lleno de altivez:

—Haga el favor, amigo, alcánceme la daga que he dejado olvidada allí —y señaló el cadáver de Leguizamón, sobre cuyo pecho se veía el arma.


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