Juan Moreira
Juan Moreira Moreira caminó todo ese dÃa, usando todas aquellas precauciones del hombre que sabe que detrás de cada mata de pasto puede salirle una partida de plaza a disputarle la vida.
HabÃa marchado a pequeñas jornadas de veinte a treinta cuadras, dando continuo descanso al overo bayo, de cuya ligereza podÃa necesitar de un momento a otro.
Cada dos horas el paisano echaba pie a tierra y sacaba el freno al caballo para que pudiese comer, mientras él tendÃa su manta y se recostaba al lado del Cacique a reflexionar sobre su situación desesperante.
De pronto se le ocurrÃa ir a buscar abrigo y tranquilidad entre los indios, pero entonces tendrÃa que abandonar a su mujer y a su hijo, que quedarÃan desamparados y que eran los únicos lazos que lo ataban a su existencia desventurada, haciendo que con tanto encarnizamiento disputara su cabeza a la justicia de paz.
—Yo peleo con las partidas —pensaba Moreira—, porque necesito vivir para mi hijo, y para que no le digan mañana que me mataron porque fui cobarde. El hombre que me matara me harÃa un verdadero servicio, porque yo no vivo sino sufriendo. ¿Pero qué serÃa de mi hijo si yo muriera? Por ahora tengo que vivir; después veremos.
Y Moreira tenÃa razón. ¿Qué halago podÃa tener para él la miserable existencia que llevaba?