Juan Moreira
Juan Moreira Todos los oyentes guardaron un profundo silencio, reteniendo en el oído la imagen de aquella triste caricia con que Moreira remató sus décimas.
El mismo Córdoba parecía haber olvidado su encono, y estaba allí, trémulo, como idiotizado, sin atinar siquiera a llevar a los labios la copa de caña que tenía en la mano.
El gaucho que lo invitara a cantar, se acercó entonces a Moreira y ofreciéndole una copa con bebida, le dijo sencillamente:
—Asiente el pesar, paisano.
Moreira levantó entonces la cabeza y pudo verse su negra barba sembrada de lágrimas cristalinas que parecían las gotas de rocío que se ven sobre las matitas de pasto al venir la madrugada, y su frente plegada por ese dolor agudo que, si se apura, se traduce en inevitable y amargo llanto.
Recibió la copa que le alargaba el paisano y la apuró de un solo trago, ahogando con el líquido un sollozo que temblaba en su garganta, y volvió la guitarra a su dueño.
Córdoba vació su copa también y la impresión melancólica que había dejado el cantor fue borrándose nuevamente como esas espesas nubes que nos roban la luz de la luna, en aquellas voluptuosas y tibias noches de verano, y los paisanos empezaron a recobrar su habitual alegría, dando un nuevo giro a la conversación.