Juan Moreira
Juan Moreira —Es necesario que mande a buscar a Julián —le habÃa dicho—, para que vaya a tomar lenguas de mi mujer y de mi hijo. Yo me voy a perder por algún tiempo y no quiero ausentarme sin tener noticias de ellos. Yo mismo irÃa en su busca —continuó—; pero si me siente la partida, y va a haber guerra, y tal vez me quede sin saber lo que quiero.
—En cuanto aclare —respondió Santiago— me pondré en marcha con caballo de tiro, y volvemos con Julián con tropilla, para andar más ligero.
—Gracias y Dios se lo pague —concluyó Moreira golpeando el hombro de su amigo—. Puede que algún dÃa pueda yo prestarle algún servicio.
—No voy ahora mismo —dijo Santiago—, porque espero al hermano de Marta, que fue esta tarde a entregar unos animales y no ha de volver hasta mañana, sol alto.
Marta vino con el mate y los paisanos entraron en agradable plática, conversando alegremente del tiempo pasado, en que ambos eran tan soberbias piernas en los velorios.
Moreira, al recordar sus tiempos felices, volvió a caer en su eterna melancolÃa, pues se habÃa vuelto a recordar de su mujer y su hijo, que, según decÃa pintorescamente, eran el candil donde al fin y a la postre habÃa de venir a quemar sus alas.