Juan Moreira
Juan Moreira —No sea imprudente, amigazo —insistió Santiago—; que no por eso ha de ser menos hombre. Piense en las noticias que le va a traer Julián y huya ahora que tiene tiempo, escondiéndose en otro pago.
Una suprema alegrÃa pasó por el hermoso rostro del paisano al oÃr aquellas cariñosas razones, pero dominó por completo la ansiedad que podÃa hacer flaquear su valor, y volviéndose hacia el paisano, le dijo con una altivez imponderable:
—Si usted es amigo del capitán, dÃgale de mi parte que todas las partidas juntas son pocas para prenderme, y si duda usted de lo que digo, véngame a avisar cuando esté reunida la gente para que vea que con toda ella no alcanzo para limpiarme el sudor.
—Yo no soy soplón —replicó algo resentido el paisano—; si he venido a dar aviso es porque soy amigo de ño Santiago y porque lo aprecio a usted por lo que ha hecho.
—Perdone, amigo; que no lo dije para ofenderlo —concluyó Moreira—, y muchas gracias, pero le pido como un favor que me avise cuando llegue el refuerzo.
Esa noche los paisanos se recogieron más temprano, y a pesar de los prudentes consejos que dio Santiago a Moreira, éste tendió su manta al lado del overo bayo, y se echó a descansar como la noche anterior, ni más ni menos que si tuviera la certeza de que nadie habÃa de venir en su busca para prenderlo.