Juan Moreira

Juan Moreira

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—Puede retirarse, capitán sin partida; con usted no tengo resentimiento, porque lo han mandado y no tiene la culpa de nada. Váyase y lleve el parte.

Avergonzado el joven con esta nueva sátira, cargó de nuevo al gaucho, dispuesto a morir o a concluir con aquel hombre formidable, cosa imposible por cierto.

El paisano desmontó entonces, enrolló la manta de vicuña en el poderoso brazo y sacó aquella terrible daga que tanto estrago había hecho ya.

Los espectadores temblaron; vieron que aquel duelo iba a ser mortal para el joven, pero ninguno de ellos se atrevió a ayudarlo con un ademán o con una palabra.

Moreira estaba sereno y sonriente: abría los brazos mostrando al joven su hercúleo pecho, como incitándolo a herir.

Cuando aquél se tendía en una estocada, Moreira la evitaba con el brazo de la manta, con una limpieza maestra, y se contentaba con marcar sobre la cabeza del joven un golpe con el cabo de la daga, que podía ser una puñalada mortal, demostrando con esto al joven que no quería herirlo y que entonces, como él decía, estaba peleando de puro vicio.

—¡Mátame, mátame de una vez! —gritaba el joven dominado por la ira—. Mátame porque, si yo puedo, te voy a atravesar el corazón.


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