Juan Moreira

Juan Moreira

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El gaucho arrancó el sable de manos del capitán, diciéndole un único «dispense, amigo» y lo arrojó lo más lejos que le fue posible; le pegó un ponchazo en la cabeza, como quien hace un cariño, y se dirigió al caballo que, montado por el perro, se había detenido al otro extremo de la plaza, habituado a aquellas situaciones.

No faltó comedido que quiso tomarlo de la rienda para que no fuese a disparar, pero ésta había quedado sobre el caballo y el Cacique no la permitió tocar.

El paisano montó sobre el overo con verdadera majestad y, revolviendo el poncho que conservaba en el brazo izquierdo, dijo a los azorados paisanos:

—Caballeros, pueden llamar al médico y al cura, que creo que hacen falta, porque yo no me puedo quedar para el auxilio, tengo mucho que hacer.

Y revolviendo el caballo se alejó con toda tranquilidad, después de soltar una última carcajada, dejando a aquella gente dominada por completo.

Todos aquellos hombres, valientes y capaz cada uno de pelear con cualquier clase de enemigo, no se hubieran atrevido a detener la tranquila marcha del gaucho.

La acción de Moreira, la serenidad que había demostrado durante la lucha y su acto generoso al darle fin, había dominado, cautivado a los paisanos, cuya influencia cede a la influencia del valor y mucho más si tal valor va aparejado a sentimientos nobles y humanitarios.


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