Juan Moreira
Juan Moreira Muchos de aquellos paisanos se hubieran sentido capaces de pelear como Moreira, pues aquel hombre no era una excepción de su hermosa raza.
Pero tal vez ninguno de ellos hubiera encontrado en su corazón tanta grandeza para no matar al mozo, y tanto dominio para despedirse de él con un ponchazo.
Moreira se alejó de allà al tranquito, encontrando suficiente recompensa a su acción en las caricias que le prodigaba el Cacique, y llegó al rancho de Santiago, donde desmontó como si solo viniera de dar un ligero paseo e ignorara por completo lo que habÃa pasado; tal era la calma de su continente.
Marta y Santiago habÃan sentido los disparos, y sabÃan que Moreira se habÃa batido con la partida, pues aquellas noticias corren con increÃble presteza; asà es que les parecÃa un sueño ver llegar ileso al paisano, que tomaba para ellos proporciones fantásticas y gigantescas.
—Váyase, amigo, por Dios —dijo Santiago a Moreira, viéndolo que se disponÃa a atar el maneador en el palenque—. Por los pagos andan partidas de la Guardia Provincial, que dicen han venido a buscar a los que no se hayan enrolado, y ésa es tropa de lÃnea, con la que es inútil pelear.