Juan Moreira
Juan Moreira —Pues yo los pelearé —repuso Moreira con creciente soberbia—; los pelearé como pelearé al mismo diablo que me salga al camino, aunque traiga vistuario de fierro y pelee con diez dagas.
Y ató su caballo al palenque, bajando al Cacique, que ladraba alegremente sobre el apero.
—Venga pues un mate, comadre, para asentar la campaña —dijo Moreira a Marta, y tendió su manta, donde se echó de barriga.
En seguida se puso a relatar minuciosamente las peripecias del combate con sus mayores detalles, relación que escuchaba Santiago con los ojos dilatados en prueba del asombro descomunal que experimentaba a medida que Moreira llegaba al fin de la contienda: asombro que remató con los gritos de:
—¡Ah, criollo! ¡Para qué matar al botón a ese mocito que nada hacÃa de su ditamen, y que sólo obedecÃa a las órdenes que a la fija le habÃan dado! ¡Lindo mozo, canejo! y con razón no lo ha querido dijuntear, amigo. Ahora váyase, amigo —continuó—, que la monta no está sólo en ser guapo, sino también en ser prudente, pues la suerte se cansa, porque ella no es tan constante como el dolor.
Váyase, que yo le enseñaré a Julián, cuando vuelva, dónde lo tiene que encontrar.