Juan Moreira

Juan Moreira

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Así dormitaba ligeramente, viéndosele incorporar inquieto al menor gruñido del Cacique, que de cuando en cuando salía a dar su vuelta como un rondín militar.

Y aquel hombre dormía ya ligera, ya profundamente, fiado solamente en aquel vigilante animal, cuyo finísimo olfato delataba al enemigo antes que éste estuviese a la vista.

A eso de la madrugada del tercer día, el cuzquito se levantó de la manta, dejó oír un gruñido leve, y al poco rato se puso a ladrar, arañando la cabeza de Moreira como para despertarlo.

El paisano estuvo de pie como un rayo, se acercó al overo a quien apretó la cincha con suprema rapidez, viéndose brillar en seguida en sus manos, a la escasa claridad de las estrellas que se mezclaba a esa vaga luz del crepúsculo, sus dos magníficos trabucos de bronce, que eran el arma de que se servía primero cuando el enemigo era numeroso.

Moreira permaneció largo rato en actitud de montar a caballo; se oía en lontananza el galope de varios animales, pero la vista todavía no podía apreciar los lejanos bultos.


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