Juan Moreira
Juan Moreira Marta y Santiago habÃan salido al sentir los ladridos del Cacique, pues aquella gente no dormÃa, temiendo que de un momento a otro llegara una partida numerosa en busca de Moreira a quien, decÃa Santiago, podÃa la suerte cansarse de ayudar y suceder una desgracia inevitable, porque pensar que aquel hombre se entregara era pensar en locuras.
El galope de los caballos se fue haciendo más claro, los bultos se fueron destacando en el horizonte y el Cacique dejó su actitud hostil y se puso a ladrar alegremente.
—Un amigo —dijo Moreira sonriendo, al interpretar la alegrÃa del Cacique y mirando a Santiago, a quien habÃa sentido salir—. Son amigos, y el corazón me dice que es Julián.
Y el leal corazón del paisano no se engañaba; era realmente Julián, que regresaba arriando su tropilla favorita, que le servÃa para hacer las grandes patriadas.
Julián llegó, echó pie a tierra al lado del overo y los tres paisanos se abrazaron estrechamente, formando un cuadro tocante alumbrado por la luz de la mañana que empezaba a despertar las aves.
Dos minutos permanecieron asà aquellos tres hombres a quienes unÃa un cariño franco y sincero, nacido en las primeras horas de la vida, y que sólo la muerte podrÃa cortar.