Juan Moreira
Juan Moreira Su mirada dilatada brillaba de una manera pálida con destellos que hacían daño: parecía un puñal que se desnuda bajo los rayos del sol; de su boca entreabierta salía un ruido que parecía el estertor de un toro y sus manos temblorosas oprimían la magnífica cabeza, como para contener el estallido de la masa cerebral que parecía arder adentro.
—¡Agua! —dijo—, tráiganme agua, porque me siento chamuscar los sesos —y metió la cabeza en un balde de agua que le trajo Santiago.
Moreira estuvo con la cabeza en el agua por espacio de tres minutos, la sacó en seguida y después de enjuagar el agua que caía de sus largos rizos, se ató un pañuelo alrededor de la frente y volvió a quedar sumido en una meditación extraña, hundido en el abismo de sus penas.
Por fin se arrancó de aquella meditación que lo postraba sin fuerzas morales y miró a Julián de una manera triste y sombría, diciéndole:
—Hasta el fin, amigo Julián, hasta el fin, y tire al alma. No le haga asco al menor tajito, que la desgracia ha de entonarme en vez de hacerme mal. Yo veo que tengo madre para la desgracia, pues apenas muevo el pie, ya voy pisando mis propias entrañas.
Julián se recogió un momento como para coordinar sus ideas y prosiguió de esta manera, secando una lágrima que el dolor del amigo hacía asomar a sus ojos.