Juan Moreira
Juan Moreira Si se dormía, despertaba al momento sacudida por los sueños que el espanto engendraba en su espíritu: a cada momento creía que le arrebataban su hijo y se abrazaba a él protegiéndolo de aquella agresión imaginaria.
Estaba dominada por el terror de la amenaza que se le había hecho.
Por fin llegó el nuevo día, y Vicenta se durmió profundamente.
Cuando el espíritu pasa por ciertas situaciones, la luz del día viene a ser una especie de compañera que aleja de él toda sombra fantástica, haciendo renacer en el corazón el valor moral que han avasallado los sueños delirantes.
Cuando Vicenta despertó, eran ya las once de la mañana. Se vistió y acompañada de su hijo salió a la calle, temiendo que viniese el teniente alcalde.
Y vagó sin rumbo y sin más objeto que alejarse de su casa donde la amenazaba el mayor peligro, el peligro de caer en manos de la justicia.
A la caída de la tarde, Andrea vino a su rancho para llevar una manta, pues aquella noche pensaba pasarla a campo, pero al aproximarse a la casita su corazón latió fuertemente y una suprema alegría asomó a su pálido semblante: había visto los caballos de Giménez, que regresara un momento antes.