Juan Moreira
Juan Moreira El compadre Giménez se puso más pálido que un difunto: no sabÃa qué viento me llevaba allà y se sospechaba que yo pudiera ir por encargo suyo.
Andrea se fue a cebar un mate, y el hombre, muerto de miedo, me preguntó por usted, me contó la cosa a su manera, y me pidió no dijese a la Vicenta que usted vivÃa, porque podÃa morir de susto, creyendo que usted la fuese a matar por lo que habÃa hecho, engañada con su muerte.
Yo me iba calentando poco a poco, y mi mano se iba recostando a la cintura, sin quererlo; pero pensé que yo no podÃa matar a aquel hombre, porque eso le correspondÃa a usted, y no querÃa además quitar ese apoyo a la Andrea, a quien no podÃa traer conmigo sin que usted lo dispusiese.
—Usted es un puerco —dije al compadre Giménez—, y si yo no lo mato ahora, es porque Juan no se enoje, porque esto le corresponde a él; pero algo tengo yo que hacer para probarle que usted es un chancho, y que lo que ha hecho no tiene perdón; y me fui al humo con el rebenque.
El hombre relampagueó los ojos y quiso madrugarme sacando el cuchillo, pero yo me lo dormà en la cabeza y lo azoncé a la fija de un talerazo; en seguida me lo dormà con la lonja, como quien castiga a un redomón chúcaro.