Juan Moreira
Juan Moreira El hombre habÃa sido muy maula y empezó a gritar como un cochino; yo me calenté, sin querer también saqué el cuchillo para degollarlo, pero a los gritos apareció la Andrea, y me pegó el grito cruzándoseme por delante.
—¿Usted también viene como enemigo a aumentar mi desgracia? ¡Ah!, desde que murió mi Juan todos se han vuelto en contra. —Y rompió a llorar.
—Dispense, niña —le dije guardando el cuchillo—, si yo quise matar a esta maula. Fue porque se acordó mal del amigo Juan y yo no lo puedo permitir, porque nadie se ha de limpiar la boca con su nombre mientras yo viva en la tierra y él esté lejos.
«Sin duda la Vicenta pensó que yo aludÃa a su muerte y se puso a llorar a media rienda, olvidándose en su dolor del compadre Giménez, que se habÃa levantado del suelo y porfiaba con pasos de peludo, gritándome cuando se vio fuera de tiro:». —¡Ya nos veremos las caras, so madruga!
—Andá no más —pensé yo—, que ya te toparás con él —y me puse a consolar a la Vicenta, que lloraba de una manera que daba pena escucharla.
—No se desespere, niña —le dije—; yo me voy de aquà para no volver más a incomodarla. Sólo vine a ver qué habÃa sido de ustedes y nada más.