Juan Moreira
Juan Moreira Coliqueo dejaba jugar a los capitanejos que estaban en el toldo, pues él se reservaba para la gran jugada del caballo que tanto le preocupaba.
Hay que advertir que Moreira había ido a caballo, en su overo, al toldo del cacique, a cuya puerta estaban los caballos de los demás jugadores, pues en los toldos no se anda a pie, aunque sólo se trate de una distancia de diez o quince varas.
Los jugadores estaban en la mala: habían perdido entre todos unos diez mil pesos, que pasaron a poder del gaucho afortunado, que los guardó en el tirador.
Pasó toda aquella noche y todo el día siguiente habiéndose interrumpido el juego para que Moreira diera de comer a su caballo y su perro.
La suerte seguía protegiendo a Moreira de una manera tan decidida, que los jugadores habían empezado a jugar sus prendas a falta de dinero.
Había llegado la noche y aún los jugadores que habían perdido hasta el último centavo no se movían del toldo, irritados con aquella adversidad de la suerte y ansiosos de presenciar la partida entre Moreira y Coliqueo, para tener siquiera el placer de ver a aquel hombre perder su famoso caballo y su apero.
Era ya muy entrada la noche cuando el último jugador se declaró vencido y abandonó la carona que les servía de tapete de juego.
El momento crítico había llegado.